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Día a día
el sendero solitario
y las implacables manos
del silencio,
en cada recodo de la tarde,
en cada puerta que se cierra
tras mis huellas.
Día a día,
la calma infinita de Dios,
la mujer que abrió su ventana
y nos invitó a pasar,
el dolor húmedo de la noche
hiriendo las horas
y mis espejos.
Día a día,
otra mirada que olvidamos
en el desván...
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